Las cosas cambiaron de repente cuando murió el viejo general que, a fuerza de sangre, de miedo y de silencio, había sometido a cien años de teror y dictadura a aquellas lejanas tierras desoladas por la ira contenida tras la última guerra fratricida.
Hasta el arrogante coronel que había actuado, con orgullo y libremente, como perro de presa en aquella orgía despiadada de la sangre, se recicló, de repente,en entusiasta defensor de libertades y derechos.
Y, cuando se vio obligado a declarar en un juicio sobre aquello, sosteniendo la calma y la mirada, dijo eso que todavía recordamos con tristeza:
- "Puedo jurarles a ustedes que jamás puse las manos encima de ningún detenido y que jamás volveré a hacerlo".
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