Por
Fernando Valls
Ver el mundo en un grano de arena
y el cielo en una flor silvestre.
Tener el infinito en la palma de la mano
y la eternidad en una hora.
William Blake
Preámbulo. Cuando, según todos los augurios, están a punto de desaparecer los géneros literarios, tras haber fallecido el teatro y el cuento, como ya casi nadie ignora, mientras que la novela permanece en una eterna agonía, no deja de ser curiosa y sorprendente la aparición de un nuevo género narrativo breve, al que solemos llamar microrrelato, marbete que con el sentido que le damos hoy parece ser que fue utilizado por primera vez en 1977, por el escritor mexicano José Emilio Pacheco. Por tanto, ya no podemos seguir afirmando, a la manera de Juan Valera, que el cuento fue el último género que vino a escribirse.
Primero. Si una vez existió la tierra de las mil danzas, podría ser este el género de los mil nombres, ya que casi cada escritor que lo cultiva y cada crítico que lo estudia aporta su propia denominación, dado el descontento que parecen producirle las ya existentes. Desde `minificción´ a `minicuento´ o `microcuento´, pasando por `relato hiperbreve´, `cuentos mínimos´ o `historias mínimas´, por sólo recordar las designaciones más sensatas y menos chirriantes, nos parece que sólo pueden entenderse todos estos marbetes como sinónimos.
Las sutilísimas distinciones que circulan por la bibliografía (si un texto tiene tantas palabras lo denominamos así, pero si en cambio se compone de cuantas se llama asá, etc.), me temo que sólo responden a ganas de marear la perdiz, o al gusto por partir un pelo en cuatro... Habría que concluir, por tanto, con que los textos, tengan sólo ocho palabras o tres páginas, forman parte de un mismo y único género, de igual modo que tres versos constituyen un poema tanto como setenta y siete. Ni parece ser el momento más adecuado de la historia literaria, ni el microrrelato debería andar ahora en esas conjeturas de parcelarse en pareados, quintillas u octavas reales. Claro está que no existe una forma única y cerrada de microrrelato, ni tampoco de cuento, novela, ensayo, teatro o poesía, pero ello no debería llevarnos a clasificar y distinguir los textos narrativos breves en numerosas subespecies que ni aclaran, ni ayudan a su análisis y, en cambio, pueden convertir su exploración en un auténtico campo de Agramante. Los escritores han jugado en diversas ocasiones con el nombre de estas piezas, barajando algunos tan curiosos, sorprendentes o paradójicos como `novela´ (Rafael Pérez Estrada), `casos´ (Enrique Anderson Imbert), `cuentos fríos´ (Virgilio Piñera), `cuentos diminutos´ o `cuentos en miniatura´ (Vicente Huidobro), `cuentos gnómicos´ (Tomás Borrás), etc.
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